Los virus son una clase de agentes infecciosos a los que se distinguió ordinariamente por su tamaño pequeño y por su parasitismo intracelular obligado. Pero la propiedad distintiva de los virus es su organización estructural y composición genómica simple, aunque presentan formas y tamaños muy variados.
Origen de los virus
La posición de los virus como frontera entre lo vivo y lo inerte plantea a los científicos el problema de su origen. Para muchos, los virus serían los primeros seres, en la historia de la evolución de lo inerte a lo vivo, que lograrían reunir con eficacia las funciones de replicación, transcripción y traducción. Serían, pues, los organismos menos evolucionados.
A otros, el hecho de que los virus solamente puedan realizar esas tres funciones vitales en el interior de células vivas, les lleva a pensar que los virus no pudieron existir antes de que aparecieran las primeras células, por muy simples que éstas fueran. Los virus serían formas regresivas de organismos celulares que se han adaptado de forma extrema al parasitismo.
El descubrimiento de otras formas acelulares ha aportado nuevas luces al origen de los virus, pero no ha servido para solucionar la disyuntiva planteada. Las otras formas acelulares son:
• Los provirus.
• Los plásmidos.
• Los viroides.
Algunos científicos (como Temin, en 1969) han postulado que los virus serían el resultado de la evolución de estas formas acelulares: los virus de ADN procederían de provirus y plásmidos, y los de ARN, de los viroides. La cápsida de los virus sería un logro evolutivo por el que el material genético se vería protegido en su desplazamiento de una célula otra, y garantizaría el éxito de la infección. Por otra parte, las formas acelulares podrían haber nacido en el seno del medio celular, cuando unos determinados genes lograran autonomía respecto al funcionamiento del genoma celular; de esta manera, el origen de los virus no estaría ligado necesariamente a los episodios que acompañan a la aparición de la vida sobre la tierra.
Pero también podría hablarse de un proceso inverso: una pérdida de la cápsida reduciría a las unidades autónomas de replicación-transcripción-traducción a la condición de provirus, plásmidos o viroides.
En conclusión, el descubrimiento de formas acelulares más sencillas que los virus nos ayuda a comprender mejor su naturaleza y significado biológico, pero nos mantiene en
la duda de si estamos frente a los primeros organismos salidos de la materia inerte, o frente a formas regresivas resultantes de la especialización del parasitismo.
Esencialmente, la estructura de los virus está conformada por la integración de dos tipos de macromoléculas: ácido nucleico y proteínas, las que se organizan espacialmente formando las partículas virales.
El ácido nucleico es la estructura química fundamental en la que reside la continuidad genética de los virus. De acuerdo al postulado de Lwof únicamente serán considerados virus, aquellos agentes infecciosos cuya partícula elemental contenga un sólo tipo de ácido nucleico, pudiendo ser del tipo ARN o ADN, nunca los dos. Atendiendo al tipo de ácido nucleico se distinguen cuatro clases de virus:
• ADN de cadena doble
• ADN de cadena sencilla
• ARN de cadena doble
• ARN de cadena sencilla
Hay que destacar que los únicos organismos existentes en la naturaleza cuyo genoma está formado sólo de ARN son los virus.
A la unidad formada por el ácido nucleico y la envoltura proteínica se le denomina también virión.
La envoltura proteínica recibe el nombre de cápsida. Está formada por unas subunidades idénticas denominadas capsómeros. Los capsómeros son proteínas globulares que en ocasiones tienen una parte glicídica unida. Se ensamblan entre sí dando a la cubierta una forma geométrica. Atendiendo la forma de la cápsida, se pueden distinguir los siguientes tipos de virus:
• Cilíndricos o helicoidales: los capsómeros, que son de un solo tipo, se ajustan entorno una hélice simple de ácido nucleico. Un ejemplo lo constituye el virus del mosaico del tabaco.
• Icosaédricos: los capsómeros, que suelen ser de varios tipos, se ajustan formando un icosaedro regular (es decir, 20 caras triangulares y 12 vértices), y dejando un hueco central donde se sitúa el ácido nucleico fuertemente apelotonado. Algunos forman poliedros con más caras que el icosaedro, y algunos presentan fibras proteicas que sobresalen de la cápsida. Un ejemplo lo constituyen los adenovirus, entre los que se encuentran los virus de los resfriados y faringitis.
• Complejos: con pequeñas variantes, responden a la siguiente estructura general:
o Una cabeza de estructura icosaédrica que alberga el ácido nucleico.
o Una cola de estructura helicoidal que constituye un cilindro hueco.
o Un collar de capsómeros entre la cabeza y la cola.
o Una placa basal, al final de la cola, con unos puntos de anclaje que sirven para fijar el virus a la membrana celular. De la placa salen también unas fibras proteicas que ayudan a la fijación del virus sobre la célula hospedadora.

Como ejemplo de este tipo de virus se encuentran la mayor parte de los virus bacteriófagos (que infectan las bacterias).
No se ha podido demostrar que una partícula viral pueda, por sí sola, tomar, utilizar o almacenar energía química mediante fenómenos compatibles con la respiración ni tampoco sintetizar proteínas. Resulta evidente entonces que la estructura simple de los virus determina que para su multiplicación sean absolutamente dependientes de un huésped, de ahí surge su parasitismo absoluto.
Como se dijo anteriormente, el tamaño de los virus es muy pequeño, pues en general no son visibles al microscopio ordinario y pasan a través de los filtros que retienen el paso de las bacterias. Mientras que las bacterias se miden en micras (µ) o micrómetros (µm), los virus se miden en milimicras (mµ) o nanómetros (nm), que son unidades mil veces menores, y en Angstroms (Ǻ), que son diez mil veces menores.
NATURALEZA:
Son macromoléculas inertes en el medio externo y agentes activos dentro de la célula, donde comandan el genoma del huésped en su beneficio. En esto reside su individualidad.
Debido a que el virus debe crecer dentro de la célula huésped, ambos (virus y célula huésped) deben verse juntos en cualquier consideración de patogénesis, epidemiología, defensas del huésped o tratamiento. La asociación bilateral entre el virus y su huésped impone condiciones específicas para la patogénesis. Por ejemplo, los rinovirus requieren una temperatura que no sobrepase los 34ºC ; este requerimiento restringe su crecimiento a sólo aquellas células que se encuentran en la capa externa fría de la mucosa nasal, por lo tanto previenen la difusión a las células más profundas donde las temperaturas son más altas.
La ubicación intracelular del virus a menudo lo protege contra algunos de los mecanismos inmunes del huésped, pero a su vez, esta localización lo convierte en vulnerable debido a su dependencia con respecto a la maquinaria sintética de la célula huésped, la cual puede ser alterada incluso por sutiles cambios físicos y químicos producidos por una infección viral (fiebre, inflamación, alteraciones circulatorias y el interferón).
Los virus son blancos difíciles para la quimioterapia ya que ellos se replican solamente dentro de una célula huésped, utilizando principalmente muchos de los procesos biosintéticos de la célula. Esta similitud en los procesos usados hace muy difícil encontrar agentes antivirales suficientemente específicos para ejercer un efecto más grande tanto en la replicación viral de las células infectadas como en sus funciones sin afectar a las células huéspedes. Sin embargo, cada virus debe tener algún paso específico de la replicación que puede usarse como blanco para una alta selectividad, dirigidos cuidadosamente a agentes quimioterápicos. Por lo tanto, el uso adecuado de tales drogas requiere un conocimiento completo de los blancos apropiados, basados en un diagnóstico correcto y un entendimiento preciso de los mecanismos replicativos para contrarrestar a los virus.
El conocimiento de los mecanismos patogénicos por los cuales los virus entran, se reproducen y existen en el cuerpo es crítico para un diagnóstico y un tratamiento correcto de la enfermedad y para la prevención de su desarrollo en el medio. El tratamiento efectivo con anticuerpos que contienen inmunoglobulinas requiere que se conozca cuando un virus es susceptible al anticuerpo (por ejemplo, durante una viremia) y cuándo los virus llegan a los órganos blancos donde los anticuerpos son menos efectivos. Muchas vacunas exitosas se han basado en el conocimiento de la patogénesis y la defensa inmune. Consideraciones comparables gobiernan el tratamiento con el interferón.
Claramente, las infecciones virales están entre los problemas más difíciles y de mayor demanda que los médicos deben aclarar. Desafortunadamente, algunos de estos problemas carecen aún de soluciones satisfactorias, no obstante se han producido tremendos progresos durante las últimas décadas. Muchos aspectos de la Microbiología Médica se conocen ahora, otros están siendo clarificados gradualmente, y muchos aún están oscuros. El conocimiento de las propiedades de los virus y la relación que ellos establecen con su huésped es crucial para la investigación exitosa y el tratamiento clínico de sus procesos patológicos.
Tipos de virus
Adenoviridae
Arenaviridae:
*Complejos virales LCM-Lassa (arenavirus del Viejo Continente) *Virus de Lassa *Virus de la coriomeningitis linfocítica (cepas neurotrópicas)
*Virus de la coriomeningitis linfocítica (otras cepas) *Virus Mopeia
*Otros complejos virales LCM-Lassa *Complejos virales Tacaribe (arenavirus del Nuevo Mundo) *Virus Guanarito
*Virus Junin *Virus Sabia *Virus Machupo
*Virus Flexal *Otros complejos virales
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